¿Cómo podemos educar en positivo?

9 Jan 2023
Como educar en positivo

La parentalidad positiva es un modelo de crianza basado en el respeto mutuo, donde la función de los padres es educar y humanizar al niño, convirtiéndolo en un adulto íntegro, sano y feliz. Conozcamos todos los beneficios de educar en positivo y cómo ponerlo en práctica en el día a día con nuestros hijos.

Todos hemos dicho u oído decir que ser padres y madres es, quizás, la tarea más dura, más difícil y, al mismo tiempo, la que más compensa de todas. Pero las presiones del día a día, las prisas, los deberes, las actividades o incluso las preocupaciones del trabajo hacen que nuestras vidas sean muy agitadas.

Toda esta tensión hace que nuestro papel como padres y madres sea mucho más difícil, porque se necesita tiempo, paciencia y calma para desempeñar bien la tarea. Cuántas veces hemos dejado a nuestros hijos en la escuela y hemos ido a trabajar pensando: “¿Por qué nos enojamos unos con otros tan temprano? ¿Por qué no fluyen las cosas?”.

Y, en ese momento, nos damos cuenta de que no es eso lo que queremos. Prometemos que, cuando los vayamos a buscar, las cosas serán diferentes. Planificamos actividades para hacer al final del día, idealizamos los momentos que queremos vivir, para, después, toparnos con su cansancio (y el nuestro).

Siempre es la misma canción. Nos enfadamos, gritamos, nos alejamos y sentimos que nuestro corazón se hace pequeño porque sabemos que nada de eso es lo que deseamos, pero no sabemos hacerlo de otra forma.

La buena noticia es que hay maneras sencillas de lidiar con estas y otras situaciones y, lo mejor de todo, es que estas habilidades se pueden aprender.

El primer paso hacia una parentalidad más simple y mágica es aceptar la naturaleza del niño y guiarlo en su crecimiento. Una parentalidad que no tiene que ser punitiva, pasar por castigos ni basarse en el laissez-faire, laissez-passer, es decir, permisiva.

En realidad, este es el gran deseo de todos los educadores: educar sin tener que castigar y sin tener que permitirlo todo. Y mi trabajo consiste en ayudar a los padres a tener un hogar más dulce, educando a sus hijos para que sean más felices, con una mayor autoestima: porque las personas más felices son las que toman mejores decisiones en la vida.

¿Qué es la educación en positivo?

La parentalidad positiva o educación en positivo es una filosofía que promueve la relación entre padres e hijos basada en el respeto mutuo y, si hay respeto mutuo, la educación del niño se lleva a cabo de forma muy constructiva.

La educación en positivo es la forma en la que cualquier padre o madre quisiera educar (consciente de que educar no es sencillo): con firmeza y también con mucha empatía y generosidad.

Dicho de otro modo, la parentalidad positiva pone límites claros a los niños, sin utilizar las excusas tradicionales que forman parte del libro de trucos de muchos padres, tales como: “Qué fea, siempre llorando." "Ya casi tienes cinco años, deberías comportarte como una mujercita”, “Sal de ahí o te doy un golpe”, “¡Mira, ahí viene la policía!”.

La disciplina positiva se aleja, por tanto, de la educación de la “vieja escuela”, porque no humilla ni utiliza ningún tipo de violencia, ya sea verbal (humillaciones y gritos) o física (con bofetadas, por ejemplo), y mira a los niños como seres humanos completos. Antes que ser hijos, son personas. Y, como personas pequeñas que son y que están creciendo, necesitan apoyo y orientación.

Por eso mismo, la enseñanza y el aprendizaje no están unidos con sanciones, humillaciones o castigos. La parentalidad positiva es, pues, una forma de relación digna, basada en el respeto entre padres e hijos.

Resumiendo, los padres reconocen a los hijos como individuos íntegros, capaces y nunca inferiores a ellos. De hecho, la gran diferencia entre un niño y un adulto es que el adulto sabe y el niño cuenta con él para aprender. La relación no es, por tanto, de igual a igual, porque padres e hijos no están al mismo nivel.

¿Cuáles son las ventajas de educar en positivo?

El objetivo de la educación en positivo es criar adultos íntegros, sanos, despreocupados y felices. Si bien es cierto que educar cuesta trabajo, “cuesta más trabajo tratar con adultos infelices”. Las personas felices hacen más bien que mal, son más responsables y saben lo que necesitan para que la suerte les acompañe. Todo esto se puede enseñar y modelar mientras educamos a nuestros hijos.

Una criatura educada en base a la disciplina positiva se desarrolla con más facilidad. Es un niño o una niña que comprende e integra los límites que existen en su vida. ¿Por qué? Porque ha comprendido la importancia de las reglas y no necesita al padre o a la madre a su lado para cumplirlas.

Es un niño o niña disciplinada, porque se le anima a pensar, a escucharse a sí mismo y a escuchar a los demás, ya que él mismo también es escuchado. Es una criatura que sabe posponer la recompensa. Alguien que entiende más fácilmente que su felicidad depende de sí mismo y no busca justificaciones o culpables cuando las cosas no van bien.

Es un niño o una niña que tiene una buena imagen de sí mismo y que quiere continuar teniéndola; un niño o una niña que empieza a desarrollar una inteligencia emocional y una autoestima equilibradas.

Educar según esta filosofía garantiza que nuestros hijos puedan tener un desarrollo sano, cuando el vínculo que nos une es fuerte. Gracias a que este vínculo es fuerte, los niños son más seguros, más resilientes y se desarrollan de manera más tranquila. Y como el vínculo que tenemos es fuerte, nuestra influencia es mayor. Por otro lado, se consigue un hogar más alegre… ¡Y hay pocas cosas mejores que esa!

¿Por qué los castigos y las amenazas no educan?

Estoy segura de que, a corto o medio plazo, este tipo de “escarmientos” funcionan. La cuestión es que el niño obedece en base al miedo y no porque haya entendido el sentido de lo que se le pide.

Nuestro objetivo, como padres y madres, no puede ser andar siempre detrás de los pequeños para asegurarnos de que hagan lo que se supone que deben hacer.

El objetivo es más bien que puedan entender las reglas y las apliquen. Cuando no logran entenderlas, es importante que sientan que lo que los padres les piden es justo y, por tanto, que lo acepten con más facilidad.

Los niños aprenden con nuestro ejemplo y en base al vínculo que tienen con nosotros. Cuanto mejor sea la calidad de la relación con nuestros hijos, mayor será nuestra influencia. Cuando nuestro hijo se siente unido a nosotros, significa que confía en nosotros y que nos respeta. Y si esto sucede, está dispuesto a cooperar y a escucharnos. De hecho, esta es la única fórmula para conseguir influir de manera positiva en nuestros hijos. Además, educar es algo positivo, algo bueno, y el castigo tiene asociado el sufrimiento. Vale la pena pensar en ello.

“Entonces, ¿ya no puedo dar órdenes?”. ¡Por supuesto que sí! La diferencia es que, en la parentalidad positiva, se escucha al niño, se puede o no negociar con él lo que es negociable y decirle que actúe de una determinada manera, explicándole el porqué, sin amenazas ni humillaciones. En definitiva, nadie nace enseñado, y un niño necesita de adultos que lo orienten de manera adecuada, seria y firme.

¿Cómo poner en práctica la educación en positivo? Claves para el día a día

Para practicar la educación y la parentalidad positiva, podemos aplicar los siguientes preceptos en el día a día con nuestros hijos:

  • Prevenir los comportamientos. No pidamos cooperación solo cuando la necesitemos: es necesario trabajar la relación con nuestros hijos en todo momento para que la cooperación surja de manera natural.
  • Poner límites con empatía. Esto significa que no tenemos que gritar, poner mala cara o utilizar frases como: “¿Quieres ver cómo me levanto y me enojo contigo?”.
  • Observar a nuestros hijos y comprender su manera de ser. No hay dos niños iguales y no hay una única forma de educar. Prestemos atención a lo que nuestros hijos necesitan en cuanto a la orientación educativa que les estamos proporcionando.
  • Respetar a nuestros hijos. Parece obvio, pero, muchas veces, somos los primeros en faltarles al respeto. Como nosotros, ellos también tienen derecho a estar enojados, histéricos, sentirse desconsolados, felices… Se trata de emociones y no de comportamientos.
  • Ser empático. La próxima vez que lidiemos con una situación menos fácil, imaginemos que estamos en la piel de nuestro hijo. ¿Cómo nos gustaría que nos trataran en esa situación?
  • Pocas reglas, pero claras. Cuando una regla es clara, queda implícito lo que puede o no puede pasar. Es muy importante que podamos encontrar (juntos o no) alternativas, porque son las que van a reorientar al niño.
  • Ser firme y constante. Por ejemplo, si se establece que, al llegar a casa, todos se quitan los zapatos, entonces, hagamos lo mismo y, cuando el más pequeño se olvide de hacerlo, es básico que no hagamos como si no lo hubiéramos visto. Basta con decir: “¡Juan, los zapatos!”, y señalar hacia la entrada. El pequeño entenderá lo que tiene que hacer.
  • Ser proactivos. En la parentalidad positiva, sabemos que el desarrollo de un niño se hace por fases. Por tanto, nos adaptamos a esa evolución y respondemos de forma preventiva a los acontecimientos.
  • Liderazgo empático. Un líder es aquel que modela comportamientos, que da ejemplo, y que sabe exactamente cuál es su papel: educar, guiar, orientar y demostrar, haciendo que el niño descubra lo mejor de sí mismo.
  • Imponer disciplina sin castigar. Cuando se educa desde el respeto, previniendo y acompañando, no hay lugar para castigos. Castigar es un juego de poder. Entonces, ¿cómo aprende un niño? ¿Solo hablando? ¡Claro que no! En la vida, hay consecuencias y el niño aprende mucho de ellas.
  • Padres felices = hijos felices. Esta es la primera regla de la parentalidad positiva. Si no estamos bien, no podremos dar lo mejor de nosotros mismos.