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¿Cómo acompañar los berrinches de tu peque? Utiliza el método CONREAR
Los berrinches son completamente normales y muy frecuentes en la infancia. ¿Sabías que alrededor del 95% de los niños entre los 18 meses y los 5 años experimentan berrinches en algún momento? Para saber cómo actuar ante estas situaciones, la pediatra Anna Estapé nos recomienda emplear el método CONREAR. ¿Quieres saber en qué consiste? ¡Te lo contamos!
Un berrinche es, en esencia, la manera que tiene un niño de expresar una necesidad o una emoción intensa, como el enfado o la frustración. Suele aparecer cuando sucede algo que no espera o que no desea, y su cerebro, aún inmaduro, no sabe cómo gestionar esa situación.
Ante esta dificultad, el niño reacciona desde la parte más primitiva de su cerebro, la encargada de la supervivencia. Como no cuenta con los recursos necesarios para regular lo que siente, lo manifiesta a través de gritos, llantos, pataletas o incluso comportamientos como pegar o morder. No lo hace con mala intención: simplemente está desbordado. Por eso es tan importante comprender que un berrinche no es un acto deliberado de desobediencia, sino una forma de pedir ayuda.
¿Pero qué podemos hacer para calmar al niño cuando el berrinche ha hecho acto de presencia? ¿Cómo podemos acompañarle durante este momento de una manera respetuosa? La pediatra Anna Estapé (@pediatra.annaestape) nos habla en el podcast de Mi bebé y yo del método CONREAR, un acrónimo que, en catalán, significa "cultivar", y que nos ayuda a saber cómo actuar ante un berrinche.
¿En qué consiste el método CONREAR para atender un berrinche?
Para atender un berrinche, yo utilizo un acrónimo que explico también en el cuento Leo tiene una rabieta (berrinche) (ed. B de Blok). Este acrónimo es CONREA, al que después le añadí una R final, formando la palabra CONREAR.

Infografía creada por Mi bebé y yo que ilustra el método CONREAR de Anna Estapé para acompañar los berrinches de manera respetuosa
Vamos a repasar cada una de las partes de este acrónimo para explicar cómo afrontar un berrinche. Por supuesto, cada familia debe adaptar este enfoque a su propio estilo de crianza y a sus necesidades particulares. No hay una única respuesta válida para todos.
CON de conectar
El primer paso es conectar, y esto implica dos cosas:
- Conectar con uno mismo.
- Conectar con el niño.
Conectar con uno mismo significa hacerse la siguiente pregunta: ¿estoy en disposición de atender esta berrinche? Porque si he tenido un mal día —he encontrado mucho tráfico, llego tarde, no he podido comer en condiciones, he dormido mal, estoy muy estresada…—, es muy probable que no reaccione de forma adecuada. Conectar con uno mismo implica tomar conciencia de cómo estoy emocionalmente y del estado desde el cual voy a actuar.
Además, a veces lo que se activan son pilotos automáticos. Cuando el cerebro no sabe qué hacer, busca en su “archivo de recuerdos” situaciones parecidas. Y muchas veces lo que encuentra es cómo fueron atendidas nuestros propios berrinches cuando éramos pequeños: gritos, castigos, amenazas… Y, sin darnos cuenta, reproducimos esos patrones, casi de forma inconsciente.
Lo importante aquí es darse cuenta de ello. ¿Cómo? Aplicando lo que yo llamo el "botón pausa". Es decir, detenerse unos segundos antes de reaccionar. Pararse un momento, no responder desde ese primer impulso. Respirar. Tomar conciencia.
A veces, repetir un mantra nos ayuda a atender mejor la situación. Es como una “frase vitamina”. Algunas frases pueden ser:
- "Yo puedo con esto".
- "Sé que lo está pasando mal".
- "Necesita mi ayuda".
- "Esto es pasajero".
- "Lo estoy haciendo bien".
Cada persona puede encontrar la frase con la que más conecte. Este proceso dura apenas unos segundos, pero es fundamental para atender el berrinche desde la conciencia y no desde la reacción.
Conectar con el niño, por otro lado, significa mostrar disponibilidad real para escucharlo y atenderlo sin juicios, desde la calma. Si yo me enfrento a su berrinche con estrés, gritos o amenazas, eso solo va a escalar la situación. Pero si me mantengo tranquila y conecto con él desde un lugar de serenidad, eso ayuda a calmar el berrinche.

R de responder
Es importante responder con calma, amor y empatía. Usar frases como “te entiendo”, “veo que lo estás pasando mal”, así como un lenguaje corporal empático: agacharnos, mirarle a los ojos, hablar despacio, con suavidad. No es momento para lecciones largas ni explicaciones, porque su cerebro no está preparado en estos momentos para escucharnos.
E de emoción validada
Debemos nombrar y validar lo que siente: “Te entiendo, estabas jugando y te enojaste porque te dije que nos vamos”. De este modo, le estamos enseñando lo que está sintiendo: rabia, tristeza… Y que está bien sentirlo, pues todas las emociones son válidas.
A de acompañar
Estar presentes, sin prisas, sin esperar dar una lección. Somos su refugio. Es importante transmitirle que estaremos ahí, disponibles, hasta que pase la tormenta.
R de repasar, reparar y reflexionar
La R final es para una segunda fase, cuando la tormenta ha pasado y el pequeño está tranquilo. Y tiene tres partes:
- Repasar lo que ha ocurrido: “Antes en el parque te enfadaste mucho…”
- Reparar: si hemos gritado o actuado mal, pedir disculpas: “Lo siento, no actué como me gustaría”.
- Reflexionar: buscar juntos formas de hacerlo mejor la próxima vez. “¿Qué te parece si la próxima vez te aviso cinco minutos antes?”, “¿Ponemos una alarma?”. También es bueno hablar de que los actos tienen consecuencias: "Si salimos más tarde del parque, cenamos más tarde y no nos quedará un ratito para leer el cuento", etc.
Todo esto no hará que el berrinche de nuestro hijo desaparezca de inmediato. Pero sí que le estamos enseñando algo importante: que puede contar con nosotros, que entendemos y validamos sus emociones, que no existen emociones buenas o malas, y que nuestro amor es incondicional. Aunque tenga el peor de sus berrinches, vamos a estar a su lado acompañándolo.
Cambiar los lentes con los que vemos los berrinches hace que nuestra actitud ante ellas sea totalmente diferente. Por eso, en realidad, los berrinches son una oportunidad de enseñar, de acompañar y de sembrar en nuestro hijo una habilidad emocional que le servirá para toda la vida.
¿Cuáles son las causas más frecuentes de los berrinches en los niños?
Cualquier cosa puede desencadenar una rabieta en un niño. Sin embargo, hay ciertas situaciones en que los berrinches suelen ser más habituales:
- Necesidades básicas no cubiertas: hambre, sueño, cansancio o falta de conexión afectiva. Un ejemplo clásico es la salida de la escuela. En ese momento, el niño, probablemente, tiene hambre, está cansado, ha pasado muchas horas sin vernos y necesita contacto y movimiento libre.
- Sobreestimulación: muchas pantallas, demasiadas actividades que alteran las rutinas, entornos con mucha gente y mucho ruido... Todo esto puede hacer que acabe estallando un berrinche.
- Falta de anticipación: por ejemplo, anunciar de repente que nos vamos del parque sin avisar previamente, sin dar margen para que el niño lo pueda procesar.
- No ser consistentes con los límites: los límites en la crianza son necesarios, pues les dan seguridad. Si a veces permitimos algo y otras no, se genera confusión. Por ejemplo, si un día compramos chocolates en el supermercado y al siguiente decimos que no, eso puede generar inseguridad en el niño y provocar un berrinche.
¿A qué edad empiezan los berrinches?
Los berrinches siempre se han asociado a los dos años. De hecho, a esta etapa se la conoce a veces como “los terribles dos” (en inglés, the terrible twos) o la "adoslescencia". Y sí, es cierto que a los dos años los berrinches suelen ser bastante frecuentes, pero también es verdad que pueden empezar antes. Muchas veces, los primeros berrinches aparecen entre los 14 y los 18 meses.
Desde mi experiencia personal, diría incluso que los tres años pueden ser más desafiantes que los dos. En inglés, existe un término que lo refleja muy bien: threenager, un juego de palabras entre three (tres) y teenager (adolescente), porque, en esa etapa, los niños ya tienen más lenguaje, más autonomía, y sus berrinches pueden volverse más elaborados: te explican por qué están enojados, justifican sus reacciones, incluso discuten contigo.
Así que, aunque los dos años son conocidos por los berrinches, yo diría que el “pico” real se da entre los dos y los tres años, siendo los tres especialmente intensos en muchos casos.
Los berrinches pueden alargarse hasta los cuatro años. A partir de ahí, lo habitual es que empiecen a disminuir, sobre todo ya llegando a los cinco años. Por supuesto, esto varía en función de cada niño y su desarrollo emocional.

¿Cómo cambia el berrinche según la edad del peque?
En cuanto a la manifestación de la rabieta, existen diferencias claras según la edad del niño o la niña:
- En los más pequeños (alrededor de 18 meses o 2 años), los berrinches suelen ser más físicos, porque tienen menos lenguaje para expresarse. Lloran, gritan, pegan o muerden porque no tienen todavía otras formas de gestionar lo que sienten.
- A los tres años o tres años y medio, los peques ya tienen más recursos lingüísticos. Los berrinches empiezan a expresarse también con palabras. Ya pueden decir por qué están enojados, lo que sienten o lo que quieren.
- Más adelante, cuando crecen un poco más, se activa con más fuerza el cerebro emocional (en lugar del más primitivo que dominaba antes), y entonces los berrinches empiezan a incluir frases cargadas emocionalmente. Por ejemplo, cuando están muy enojados, pueden decir cosas como: “Ya no quiero que seas mi mamá” o “Ya no quiero vivir en esta casa”. Aunque a veces nos duelen, estas frases no deben tomarse al pie de la letra: son una forma más avanzada de expresar frustración o rabia.
En resumen, los berrinches son parte natural del desarrollo infantil, y su forma va cambiando a medida que los niños crecen, maduran y adquieren nuevas herramientas emocionales y comunicativas.
¿Cuándo deberíamos preocuparnos por un berrinche?
Hay ciertas circunstancias en las que los berrinches pueden preocuparnos. Por ejemplo:
- Se dan en niños más mayores de lo habitual, o se trata de berrinches muy intensos, que duran mucho tiempo o que son muy frecuentes.
- Los berrinches vienen acompañados de otros síntomas, como dolores de cabeza, regresiones (por ejemplo, en el control de esfínteres), problemas con el sueño, dificultades en el desarrollo o incluso pérdida de conciencia durante las rabietas: es decir, cuando el niño, en pleno berrinche, pierde la mirada o parece tener algún tipo de desconexión.
- El niño expresa odio hacia sí mismo o hacia los demás, o si tiene problemas importantes en la escuela. Es habitual que, cuando los niños pequeños se frustran, puedan darse golpes, pegar o morder. Sin embargo, si estas conductas se repiten con mucha frecuencia, si se hacen daño a sí mismos con intensidad o agreden a otros compañeros o a objetos de forma muy intensa, es importante consultar.
- También debemos prestar atención si hay berrinches que nos sobrepasan, que no sabemos cómo gestionar, o si como familia estamos sintiéndonos desbordados. En estos casos, siempre vale la pena pedir ayuda profesional.
Consultar con un profesional, ya sea desde pediatría o desde psicología infantil, puede ayudarnos a hacer una valoración adecuada y, sobre todo, a recibir herramientas para gestionar mejor estas situaciones en casa.
¿Quieres saber más sobre cómo acompañar los berrinches de tu peque? ¡Dale al play, escucha el podcast completo con Anna Estapé y amplía el contenido de este artículo!


















