Te puede interesar…
- Mi bebé y yo
- Noticias
- "Yo solo tenía 3 años": la historia real de un niño que aprendió a calmarse con una pantalla
"Yo solo tenía 3 años": la historia real de un niño que aprendió a calmarse con una pantalla
Primero fue una forma de terminar tranquilamente una comida en un restaurante. Después, un recurso para evitar el aburrimiento. Años más tarde, apagar la tablet provocaba gritos, enojo y conflictos familiares. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao relata esta historia desde los ojos de un niño para advertir sobre un hábito aparentemente inofensivo: utilizar las pantallas para calmar, distraer o evitar que los pequeños "molesten".
Todo comienza cuando tiene tres años. No hay escuela y la familia ha ido a comer a un restaurante. El niño se aburre, se mueve en la silla y sus padres le piden, cada vez más enojados, que permanezca quieto.
Como no lo consiguen, le ofrecen un iPad con dibujos de Cocomelon.
La solución parece perfecta. Los colores, los sonidos y las imágenes captan inmediatamente su atención. Deja de moverse, deja de protestar y sus padres pueden terminar de comer.
Sin embargo, cuando llega el momento de marcharse, al niño le pican los ojos, ya no sabe muy bien qué ha comido y se enoja porque debe apagar los dibujos animados.
Ver esta publicación en Instagram
De calmar el aburrimiento a no saber qué hacer sin la tablet
A los cinco años, el aburrimiento ya le resulta difícil de soportar. Cuando está en casa y no encuentra nada que hacer, pide la tablet. Su padre se niega y él se enoja hasta que finalmente consigue que se la dé.
Entonces llegan los dibujos de Bluey y la frustración desaparece.
A los siete años, está jugando a Minecraft cuando su madre le pide que recoja la habitación y la acompañe a comprar. Él no quiere parar. Grita, se enoja y vuelve a concentrarse en el juego, casi sin mirar la cara triste de su madre.
La misma escena se repite a la hora del baño. Primero pide "cinco minutos más". Después, otros cinco. Cuando finalmente le obligan a apagar, llega la explosión: gritos, enojo e incluso algún golpe.
Hasta que sus padres lo sientan en el sillón y le explican que tiene un problema con las pantallas.
"No me correspondía a mí decidir"
El momento más duro del relato llega cuando el niño comprende lo que ha ocurrido.
"Yo era pequeño. Solo tenía tres años. No me correspondía a mí decidir".
Desde que era muy pequeño, sus padres le habían dado una pantalla precisamente cuando debía esperar, aburrirse, sentarse a comer o atravesar una frustración. Ahora le reprochaban no saber gestionar esas situaciones sin ella.
El relato está inspirado, según explica Álvaro Bilbao, colaborador de Mi bebé y yo, en la historia real de un niño con el que trabajó durante el curso, aunque el neuropsicólogo sostiene que podría representar la experiencia de muchos otros pequeños y sus familias.
Bilbao, neuropsicólogo, psicoterapeuta, doctor en Psicología y padre de tres hijos, defiende una educación basada en el afecto, la comprensión y unos límites claros.
Las tres reglas que Álvaro Bilbao aplica con sus hijos
A partir de su experiencia profesional y familiar, el neuropsicólogo comparte tres reglas:
- Nada de pantallas hasta los seis años.
- Nada de pantallas para hacer más llevadera una espera.
- Nada de pantallas para distraer al niño mientras come, se viste o atraviesa un berrinche.
Su explicación es que estas situaciones cotidianas, como esperar, aburrirse, tolerar un "no" o terminar una actividad que gusta, ofrecen oportunidades para desarrollar progresivamente el autocontrol y la tolerancia a la frustración.
La recomendación actual de la Asociación Española de Pediatría también aconseja evitar el uso de pantallas entre los cero y los seis años, salvo excepciones concretas y acompañadas, como una videollamada. Además, desaconseja utilizarlas como "dispositivos cuidadores" o como un "chupón emocional" para frenar los berrinches.
La preocupación no se centra únicamente en el número de minutos que el niño permanece ante una pantalla, sino también en aquello que el dispositivo está sustituyendo: una conversación durante la comida, la posibilidad de inventar un juego, la observación del entorno o el aprendizaje de cómo atravesar una emoción desagradable.
Un debate que muchas familias viven cada día
La publicación de Bilbao ha generado una intensa conversación entre madres, padres y profesionales. Muchas familias comparten el fondo de su mensaje, pero también reclaman que el debate no se convierta en una nueva fuente de culpa o en una herramienta para juzgar a quienes recurren ocasionalmente a los dibujos.
Una madre explica que no ofrece celulares ni tabletas a sus hijos, aunque considera que ver un rato de caricaturas en la televisión no tiene por qué ser perjudicial cuando el resto del día incluye juego, lectura, movimiento, relaciones sociales y experiencias propias de su edad. Para ella, la diferencia está entre disfrutar ocasionalmente de unos dibujos y utilizar una pantalla "para todo".
Otros padres admiten que, en momentos concretos, la tablet les permite cocinar, trabajar a distancia, bañarse o sentarse a comer durante unos minutos. Uno de ellos lamenta que se criminalice cualquier uso puntual y recuerda que no es lo mismo dejar al niño durante horas ante un dispositivo que emplearlo de forma excepcional para que los adultos puedan respirar.
También aparece una cuestión social que atraviesa muchos de los comentarios: cada vez parece haber menos espacios en los que los niños puedan comportarse como niños. Algunas familias cuentan que se sienten observadas cuando sus hijos hablan, se mueven o se levantan en un restaurante, lo que puede empujarlas a ofrecer rápidamente el celular para evitar molestar a otras personas. "No hay cabida para que los niños sean simplemente niños", resume una madre.
Por eso, varias voces insisten en que el objetivo no debería ser eliminar las pantallas desde la culpa, sino ofrecer alternativas atractivas y accesibles. Una familia propone llevar juguetes que puedan utilizarse en la mesa, dar un pequeño paseo o participar en el juego del niño. Otra recuerda que reducir las pantallas también implica facilitar que los pequeños se reúnan y jueguen juntos fuera de casa.
Las experiencias compartidas muestran, además, que el hábito puede tener consecuencias muy concretas. Una madre reconoce que su hijo de ocho años se aburre constantemente cuando no tiene acceso a internet y que, después de haberle prestado la tablet desde pequeño, ahora le cuesta mucho aceptar los límites. Otra cuenta que su hija de seis años reacciona exactamente como el niño de la historia cuando debe dejar el dispositivo.
Una logopeda especializada en trastornos de alimentación aporta otra perspectiva. Explica que atiende a muchos pequeños acostumbrados a comer mirando una pantalla y que, al no haber prestado atención a los sabores, las texturas, las temperaturas o los olores, pueden desarrollar rechazo hacia numerosos alimentos. Recuperar una conducta alimentaria normalizada, señala, requiere después un trabajo arduo.
Junto a estos testimonios también aparecen dudas frecuentes. ¿La televisión cuenta igual que una tablet? ¿Qué ocurre con una película vista en familia? ¿Deben seguirse las mismas pautas con niños que presentan autismo, retrasos cognitivos u otras necesidades específicas? ¿Cómo se gestiona la diferencia entre hermanos de edades distintas?
Estas preguntas recuerdan que no todas las familias parten de las mismas circunstancias y que las recomendaciones generales pueden necesitar una adaptación individual, especialmente cuando existen necesidades de desarrollo específicas.
Cinco pequeños cambios para empezar
- Anticípate a las esperas. Preparar un pequeño "kit del aburrimiento" con pinturas, estampas, cuentos, muñecos o juegos de palabras puede evitar que el celular sea siempre la primera respuesta.
- Protege las comidas. Siempre que sea posible, deja celulares, tabletas y televisión fuera de la mesa. El ejemplo de los adultos también cuenta.
- No tapes inmediatamente la emoción. Decir "sé que te estás aburriendo" o "entiendo que te enoje parar" ayuda al niño a reconocer lo que siente. El objetivo no es eliminar todo malestar, sino acompañarlo mientras aprende a atravesarlo.
- Avisa antes de apagar. Explica previamente cuánto durará el uso y anuncia el final con varios minutos de antelación. El límite debe ser claro, previsible y mantenerse incluso cuando aparezca el enojo.
- Ofrece una alternativa concreta. Pedir simplemente que deje la pantalla puede no ser suficiente. Proponer dibujar, ayudar a cocinar, escuchar un cuento, construir algo o salir a dar una vuelta facilita la transición.
No se trata de considerar una pantalla puntual como una catástrofe ni de juzgar a la familia que intenta terminar una comida, atender una reunión o disponer de unos minutos de descanso. La señal de alerta aparece cuando el dispositivo se convierte en la respuesta automática ante cualquier espera, aburrimiento, comida, berrinche o momento de desconexión.
Porque el problema quizá no empiece el día en que el niño grita al apagar la tablet. Puede comenzar mucho antes, cuando aprende que cualquier emoción incómoda desaparece con solo encenderla.


