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Una influencer subasta el nombre de su bebé por 29 millones de pesos: se llamará como un casino online

30 Sep 2026
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Bonnie Blue asegura que ha vendido el derecho a elegir el nombre de su hijo al mejor postor. El ganador ha sido BetBolt, una plataforma de casino online y apuestas deportivas, y la creadora afirma que llevará ese mismo nombre al registro. La historia ha reabierto el debate sobre los límites de la exposición y monetización de los hijos en redes sociales.

Elegir el nombre de un bebé suele ser una de esas decisiones que acompañan a las familias durante buena parte del embarazo. Hay quienes lo tienen claro desde el principio, quienes buscan inspiración en la familia y quienes cambian de opinión varias veces antes de encontrar “el nombre”.

La creadora de contenido británica Bonnie Blue, cuyo nombre real es Tia Billinger, ha seguido un camino muy diferente: subastar el derecho a elegir el nombre de su hijo.

El resultado ha llamado la atención en todo el mundo. Según anunció ella misma en sus redes sociales, la puja ganadora habría alcanzado los 1.2 millones de libras (aprox 29 millones de pesos mexicanos) y el nombre elegido para el pequeño es BetBolt, exactamente igual que una plataforma de casino online y apuestas deportivas con criptomonedas.

 
 
 
 
 
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De Solana y Durex a BetBolt

Bonnie Blue fue mostrando públicamente cómo avanzaba la subasta. En uno de sus primeros videos repasaba algunas de las propuestas que habían recibido pujas, entre ellas Solana, Durex o Beavo Jr.

Sobre Solana, uno de los nombres que en aquel momento iba en cabeza, reconocía que apenas sabía qué significaba: «No sé muy bien qué es, la verdad. Por lo visto tiene algo que ver con las criptomonedas. Me suena a dinero, así que, si mi bebé va a llamarse como algo relacionado con el dinero, me parece bien».

Días después llegó el anuncio definitivo: «La subasta ha terminado y, por 1.2 millones de libras, mi bebé se llama BetBolt», explicaba en un video publicado en Instagram. «Voy a acabar gritando “¡BetBolt!” por todo el parque».

La propia influencer admitía en esa misma grabación que ni siquiera tenía demasiado claro a qué se dedicaba la compañía que había ganado la puja.

«Todavía no sé qué hace BetBolt. Estoy un poco confundida. ¿Debería contactarlos? ¿Darles las gracias? ¿Van a formar parte de la vida de mi bebé o simplemente mi bebé va a llamarse BetBolt?».

Blue aseguró además que tenía cita al día siguiente en el Westminster Register Office, en Londres, para registrar oficialmente el nombre. En el momento de publicarse las primeras informaciones, sin embargo, todavía no existía confirmación independiente de que el pequeño hubiese sido inscrito legalmente como BetBolt.

 
 
 
 
 
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"¿No cambiarían el nombre de su hijo por 1.2 millones?"

Como era previsible, la iniciativa generó una enorme conversación en redes sociales. Bonnie Blue respondió también a quienes interpretaban la subasta como una provocación diseñada para generar reacciones y visibilidad.

«A quienes dicen que esto es asqueroso o que solo es rage bait: ¿ustedes no cambiarían el nombre de su hijo por 1.2 millones de libras (aprox 29 millones de pesos mexicanos)? Porque yo sé que lo haría», aseguró.

La creadora terminó el video celebrando el dinero que, según sostiene, ha obtenido con la operación: «Gracias, BetBolt. Tengo 1.2 millones más y estoy deseando gastarme ese dinero. O se suponía que tenía que gastármelo en el niño».

Algunos medios han informado que la empresa ha reconocido su participación en la iniciativa como una oportunidad de marketing, aunque la cifra de 1.2 millones de libras continúa procediendo fundamentalmente de las declaraciones de la propia influencer y de las informaciones publicadas alrededor de la campaña.

Más allá de si estamos ante una acción publicitaria, una provocación o una combinación de ambas, la historia plantea una cuestión que va mucho más allá del peculiar nombre elegido.

 
 
 
 
 
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Cuando los hijos también forman parte del contenido

Compartir momentos de la maternidad y la crianza en redes sociales se ha convertido en algo completamente cotidiano. Una ecografía, el anuncio del embarazo, la primera fotografía del bebé, sus cumpleaños o una anécdota divertida pueden terminar en Instagram o TikTok con la misma naturalidad con la que, hace unos años, acababan únicamente en un álbum familiar.

Pero las redes han incorporado un elemento nuevo: la audiencia. Y cuando quien comparte esos momentos tiene cientos de miles de seguidores y obtiene ingresos gracias a su actividad digital, las fronteras entre vida privada, contenido y publicidad pueden resultar mucho más difíciles de delimitar.

Es en este contexto donde aparece el concepto de sharenting, utilizado para hablar de la exposición que madres y padres hacen de sus hijos en Internet.

Evidentemente, no todas las formas de compartir son comparables. Publicar una fotografía familiar no es lo mismo que convertir el nombre de un hijo en el centro de una operación comercial.

Pero el caso de Bonnie Blue lleva esa conversación al extremo y plantea una pregunta interesante: ¿qué sucede cuando la propia identidad de un niño entra también en el terreno de la monetización?

Una huella digital que puede comenzar antes de nacer

Muchos niños tienen hoy presencia en Internet incluso antes de llegar al mundo. Su ecografía, su sexo, su nombre, su fecha prevista de nacimiento o incluso la decoración de su habitación pueden haber sido vistos por cientos o miles de personas antes de que sus padres los sostengan por primera vez entre sus brazos. En la inmensa mayoría de ocasiones, esos momentos se comparten desde la ilusión y con absoluta naturalidad.

Sin embargo, existe una particularidad difícil de ignorar: el bebé todavía no puede decidir qué parte de su vida quiere hacer pública.

Durante los primeros años son los adultos quienes establecen dónde empieza y termina su intimidad digital. Y eso implica tomar decisiones sobre una huella que quizá permanezca disponible muchos años después.

¿Dónde está el límite?

La historia de BetBolt resulta extraordinaria precisamente porque lleva al extremo una pregunta que, a otra escala, muchas familias se hacen actualmente:

¿Cuánto queremos mostrar de nuestros hijos? ¿Compartimos su cara, su nombre o sus momentos más íntimos? ¿Cambia algo cuando existe una compensación económica? ¿Y dónde termina nuestra libertad para contar nuestra experiencia como madres y padres y empieza su derecho a construir su propia identidad? Probablemente cada familia encuentre respuestas diferentes.

Somos, además, una de las primeras generaciones de padres y madres que tiene que decidir en tiempo real cuánto de la infancia de sus hijos quedará para siempre en Internet.

Quizá por eso, antes de publicar, haya una pregunta sencilla que pueda ayudarnos a reflexionar: cuando nuestros hijos crezcan y puedan decidir por sí mismos, ¿cómo les gustaría que hubiéramos contado su historia?

Elena RuizElena Ruiz
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza

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